Mayo: justicia social y el día de las madres
Esta Navidad, una amiga mía me regaló un libro titulado “Tres Tazas de Te”. Se trata de un señor de los Estados Unidos, Greg Mortenson, que ha estado construyendo escuelas durante los últimos quince años en Pakistán y Afganistán. Yo no había escuchado mucho sobre el libro, pero mi amiga que me lo dio me dijo que seguramente yo lo disfrutaría porque, al igual que Greg Mortenson, yo también estoy cambiando el mundo. Bueno, ese fué ¡todo un cumplido! Entonces, leí la cubierta y en la contraportada dice que es “la historia motivadora, de un Indiana Jones de la vida real!”. Y en la portada dice que el libro es “emocionante” y es “prueba de que una persona ordinaria, con la combinación correcta de carácter y determinación, realmente puede cambiar el mundo”.
Cuando leí esas descripciones no quise leer este libro. Porque, aunque quisiera ser, ciertamente no soy Indiana Jones y si existe una “combinación correcta de carácter y determinación,” dudo que yo la tenga. Sentí como que este libro “Tres Tazas de Te” no tenía nada que ver conmigo.
Pero mi amiga seguía preguntándome si ya había empezado a leer el libro, el cual era un regalo muy tierno, entonces lo comencé a leer. Y… resultó que “Tres Tazas de Te” me gustó. No porque fuera la historia de un Indiana Jones de la vida real, sino porque reflejaba la realidad de la labor de justicia social que yo conozco.
Antes que nada, le tomó años a Mortenson colocar incluso el primer tabique en la primera escuela después de muchos errores y algunos fracasos. Cuando se propuso construir esa primera escuela, e incluso por varios años después, Mortenson no sabía realmente hacia donde lo llevaría esa labor. Finalmente, y quizá lo mas importante es que, él no hizo este trabajo solo. Mortenson mismo está bien consciente que muchas personas trabajaron tan duro como él para hacer realidad esas escuelas.
Esa historia, la historia real, fue mucho mejor de lo que sugería la portada del libro. La portada nos daba la versión común y romántica de la labor de justicia social, pero a mí me gusta esa labor para el cambio precisamente a causa de estas realidades más difíciles; toma tiempo, siempre está lleno de sorpresas y dado que es un esfuerzo de toda una comunidad de personas.
Me siento afortunada que he podido trabajar en asuntos sociales como estudiante, como abogada y como voluntaria, e incluso como madre. Tengo dos hijas de 9 y 11 años de edad y estoy aprendiendo todo el tiempo que estas realidades sobre la labor de justicia social son ciertas para mí en cuanto a la maternidad también.
La decisión misma de tener un bebé, de añadir una persona a este mundo ya tan lleno de gente, tiene implicaciones de justicia. Antes de tener a mis hijas, yo había planeado ser la madre más responsable socialmente hablando, que jamás hubiera existido. Las decisiones eran obvias, yo nunca jamás tiraría ni siquiera un solo pañal desechable a la basura, para no contaminar la tierra. Pero me encontré muy pronto que los bebés usan un montón de pañales. Y luego tuvimos una nana… y luego fuimos de campamento… y a veces simplemente había tenido un día pesado. Entonces, hice ciertos arreglos, y los pañales fueron solamente el comienzo de tantas decisiones. A veces parece como que cada detalle de sus vidas, desde qué tipo de juguetes usan para jugar, hasta cómo le hablan a sus abuelos y todo lo que quieren consumir. Y además de la responsabilidad que tengo de hacer mis decisiones sobre ellas, existe otra responsabilidad de asegurarme que entiendan porqué tomé esas decisiones.
Tal como le tomó al Sr. Mortenson años de esfuerzo, así es con toda la labor de justicia social y también para ser padre o madre. Ninguna de estas labores es como hacer un pastel, en el que uno puede mezclar los ingredientes y ponerlo en un horno y esperar a que esté listo. Es más como la sopa de fideo, en que uno tiene que estar continuamente moviendo la sopa en la estufa. Toma un cariño cotidiano y una cantidad adecuada de trabajo pesado.
Yo sé que puede sonar interesante cuando el título de mi trabajo es “Coordinadora de Justicia Social”, pero en realidad hay mucho más trabajo de coordinación que de justicia social. Paso mucho tiempo hacienda copias, enviando mensajes electrónicos, haciendo llamadas, y escribiendo. La mayor parte del trabajo de ser madre, es también repetitivo y aburrido; comprar alimentos, preparar la comida, limpieza y lavandería, y llevar a las niñas a sus actividades.
Y para ambos trabajos que hago, cada pequeña tarea es parte de la labor misma, no importa cuan aburrida pueda ser. Cuando trabajo en algún asunto, como la paz, por lo menos trató de comportarme en una manera consistente, es decir, pacífica. Por ejemplo, si estoy haciendo copias de un volante para una vigilia de la paz y se descompone la máquina, probablemente no debería patearla. Y como madre, quiero siempre dar un ejemplo para mis hijas de cómo ser en el mundo, porque no importa lo que yo haga, ellas están aprendiendo lo que es ser adulta, miembro de la familia y ciudadana.
En el libro “Tres Tazas de Te”, se me hizo interesante que el Sr. Mortenson no tenía un plan, solamente quería ayudar a una aldea a obtener una escuela. Cuando yo era abogada de inmigración para Catholic Charities en los 90’s, escuché por primera vez de la Primera Iglesia Unitaria, como iglesia santuario. Sin embargo, no me hubiera podido imaginar entonces, que yo habría de estar trabajando aquí mas de diez años después en el Nuevo Movimiento Santuario. En aquel entonces yo pensaba que la labor de justicia social era intercesión legal y no me percataba de cuánto habría de aprender a buscar los cambios desde una perspectiva religiosa. Tanto en la justicia social como en ser madre, estoy trabajando en algo que tiene su vida propia. Invierto mi esfuerzo para algún beneficio futuro que no puedo imaginar muy bien y que está constantemente lleno de sorpresas. Para ambos, hacemos lo mejor y luego dejamos que la obra hable por si misma.
Finalmente, tanto en la justicia social, como en el ser madre, no puede uno hacerlo sola. La semana pasada, la marcha del Primero de Mayo no podría haber sido lo mismo si solo una persona hubiera caminado, porque toma un montón de personas para llamar la atención. Pero más allá de necesitar simplemente un número de gente para hacer el cambio, también necesitamos trabajar en los asuntos desde muchos ángulos diferentes. Mientras algunas personas están cambiando las leyes, otros están cambiando las mentes. Algunos escriben artículos sobre la justicia ambiental y otros están haciendo investigación sobre los efectos perjudiciales de la contaminación en las comunidades pobres. Mientras que trabajamos hacia una meta común, cada uno de nosotros tiene un papel diferente que jugar. Y educar a los niños se parece mucho a ese proceso.
Recuerdo el día en que mi niña mayor fue al jardín de niños (Kinder) y aprendió a amarrarse los zapatos. Me sentí tan aliviada y agradecida que no tuve que enseñarle eso; no puedo hacerlo todo. Creo que se me había olvidado que desde que nacieron mis hijas, han habido incontables cosas que ellas han aprendido de los maestros, abuelos, vecinos, nanas. Cada uno dándoles nuevas ideas, habilidades y perspectivas.
La labor de justicia social y la maternidad están conectadas en tantas maneras complejas. Yo creo que el ser madre me ha dado una perspectiva más amplia en cuanto a los asuntos en los que he estado involucrada. Mientras estaba en la escuela de derecho y antes que tuviera hijas hice un interinato en una agencia para víctimas de violencia doméstica. Allí aprendí sobre lo difícil que era abandonar a un compañero abusivo, a la hora de considerar la economía, la familia y especialmente a los niños. Una de mis funciones era llamar a las mujeres cuyos compañeros estaban siendo perseguidos por la ley. Yo les contaba sobre el sistema legal y ellas usualmente querían retirar los cargos (o las acusaciones). A menudo decían que su compañero era “un buen padre” o un “padre amoroso” y aunque yo quizá sonaba como que les entendía, en realidad, no entendía. Creo que ahora me hace más sentido, ahora que soy madre, que una mujer que se enfrenta a la violencia todavía quiera que sus hijos conozcan y amen a su padre. Que ellas pueden ver lo que el esposo les puede ofrecer a sus hijos, aunque esté lastimándola a ella. Hace mucho más sentido ahora. Lo que estamos dispuestas a aguantar y sufrir con tal de hacer lo que les conviene más a nuestros hijos.
Creo que el hecho de ser testiga presencial de la fortaleza en las familias es, por lo menos en parte, la razón por la que me he sentido atraída a luchar por los derechos de los inmigrantes. Yo trabajé como abogada de inmigración y después trabajé para el condado en su programa de inmigración y ciudadanía. He escuchado muchas historias de personas de todo el mundo y cómo llegaron al Condado de Santa Clara, pero me han conmovido más profundamente los padres que han tomado decisiones que parten el alma, a causa del amor por sus hijos. Sabiendo cuán difícil sería para mí dejar a mis hijas para ir a trabajar a otro país, sin saber cuando habría de volver, apenas puedo imaginar todo lo que los padres deben sufrir. Cuando me enteré de las redadas en los lugares de trabajo de los inmigrantes que arrestan y encarcelan a los padres sin importarles lo que les pase a sus hijos, me quedo horrorizada. Cuando pienso en las familias que están siendo desintegradas por las leyes injustas de inmigración, yo sé que debemos trabajar para lograr un cambio.
Este fin de semana marca el Primer Aniversario del Nuevo Movimiento Santuario en favor de los derechos de los inmigrantes. Es un movimiento que enmarca los asuntos de inmigración como asuntos familiares y les hace saber a la gente que nuestras leyes económicas y de inmigración están creando estas situaciones terribles. Como madre, la justicia para los inmigrantes permanece muy cerca a mi corazón.
Greg Mortenson es una persona extraordinaria y sus sueños de proveer escuelas en las aldeas lejanas se han hecho realidad. Quizá mi amiga tenga razón, quizá yo tenga un poquito de él en mí. Puedo comprender porqué para él es tan importante construir. Al igual que ser madre, es una labor nacida del amor, un trabajo arduo que se siente obligado a hacer desde algo muy dentro de él, casi por instinto. Desde que yo he tenido a mis hijas, mi trabajo ha cobrado mayor significado y espero estar ayudando a proveerles un mundo que ellas se merecen.